Es gracioso pensar en esto otra vez, aunque aún se me pone la piel de gallina de solo imaginar qué hubiera pasado si el desenlace hubiese sido otro. Estar manejando con varias copas de vino encima con tres compañeros de viaje totalmente ebrios en medio de una carretera que no conoces y con una tormenta eléctrica acechando el camino es sin duda la parte más graciosa de la historia. Vale, ya les cuento lo que sucedió en mi último periplo desde Santiago de Chile a Mendoza, Argentina por carretera. Paisajes de película y sobre todo el majestuoso Aconcagua son dos de las cosas más saltantes que debo mencionar desde ya. Haber pasado por dos aduanas burocráticas habría sido una de las historias saltantes de esta publicación, si no hubiera sido por el policía argentino que nos detuvo, nos hizo bajar de la camioneta y nos ordenó que abriéramos cada maleta para registrarla y preguntarnos uno por uno y reiteradas veces si consumíamos estupefacientes -mucha risa hasta aquí-. Salir temprano después de cambiar algo de dinero a moneda local para luego manejar hasta Tupungato realmente lo vale. El lugar es idílico, lleno de bodegas en la llamada "Ruta del Vino" y dominado por la increíble vista del Aconcagua y la cordillera de los Andes. Haber centralizado el guardado de los pasaportes en la cartera de la buena vampiresa nos ponía tranquilos, se nos hacía más fácil quizás ante tanta requisa ya vivida. Fotos por aquí y catas por allá nos hemos embriagado y afortunadamente el camino es recto y las bodegas están no muy distanciadas unas de las otras. Eran las 17:00 horas y llegábamos a la que iba a ser la última bodega a visitar, la famosa Salentein. Exquisitas catas ofrecidas por la buena Rocío nos contentaron hasta el punto de cerrar la bodega. Fuimos invitados a salir a las 19:00 horas por el personal de seguridad, ya que ningún trabajador quedaba en el recinto. Afortunadamente teníamos dos botellas más para seguirla en Mendoza. Salimos tomando algunas fotos, subimos a la camioneta y nos alentamos para seguir la ruta hasta el final del camino y así llegar al conocido "Manzanillo" que es el paso por donde José de San Martin cruzó los Andes durante su campaña libertadora en Sudamérica. Llegamos y más fotos en un crucifijo de madera que dominaba la zona. Otras fotos a la cordillera y por supuesto perder la cartera de la vampiresa con los pasaportes y su dinero. Hasta aquí todo bien así que cogemos la ruta de regreso a Mendoza, pues es la última noche y había que cerrarla bien pues había más vino y dinero para comprar algunas botellas más. Es curioso como uno se siente cuando uno de tus amigos te dice "no tengo la cartera". Es una sensación que podría resumirse en una frase como "puta que gran huevón(a) que eres, pero igual te queremos". Pero la sensación que se tiene cuando te dicen "era la cartera de los pasaportes" es como la sensación de querer cagar en medio de un partido de fútbol. De regreso a Mendoza la tormenta se hizo muy fuerte e incluso inundó una parte de una autopista así que tuvimos que cambiar de ruta. Consideramos que era inútil regresar a Tupungato para buscar la cartera, pues era de noche. Además teníamos la certeza de que se había quedado en Salentein así que lo más saludable era llamar por la mañana y preguntar para poder ir a recogerla. Esa noche comimos en una carnicería y tomamos mucho vino. Hubo tensión en la mesa, sin embargo terminamos concluyendo que éramos un buen grupo de viaje y que somos amigos y aguantamos todo lo que venga. Esa noche dormí de mala forma. Soñé o pensé en la cara del Cristo del crucifijo del Manzanillo. La imaginaba muy grande, quizás inmensa. Un road trip en la camioneta atea era lo que pensaba en el camino. Me despierto (o abro los ojos) a las 5:10 horas. No podía dormir más y mensajeo a vampi para preguntar si está despierta en su habitación. Me responde con un "qué pasa". Le digo "vamos a la bodega". Me responde "ya, vamos". Instruyo al enano para que se encargue de mis cosas y del chekout si no regresaba hasta más tarde. Partimos casi a las 6:00 horas. Manejo durante hora y media y aún era de noche en Tupungato. Muy oscuro todo pero encontramos la bodega y entramos. Le pedimos al vigilante que nos deje entrar y nos indica que es imposible por lo menos hasta las 10:30 horas que llega el encargado de turismo. Le digo que estamos seguros que la cartera se quedó anoche ahí. El buen hombre llama al interior de la bodega e indica que revisen las instalaciones. Responden luego de varios minutos que "no han encontrado nada". El frío era de unos 6 grados centígrados, pero para mí eran unos 6 bajo cero (no sé por qué no llevé casaca). Pido el baño y me lo niegan porque "no es horario de ingreso". Algo se me cruza por la mente y conduzco por 20 minutos hacia Manzanillo para buscar baño. Entro a un gift shop que estaba cerrado y sale un señor de una casa contigua, me pregunta amablemente qué deseo y le digo que un baño. Me indica que a unos 600 metros estaba el Manzanillo y ahí habían baños públicos. Conduzco despacio, como en toda la ruta del día, así como que buscando la cartera. Llegamos al crucifijo y unos rancheros estaban ahí parados como muriendo de frío. Bajo la ventanilla y les pregunto "disculpen, aquí hay baños". Uno se acerca a la camioneta y me mira fijamente y pregunta "¿a ustedes no se les ha perdido algo?".
Nunca he creído en las coincidencias y creo que esta vez he reconfirmado mi creencia. Es absurdo pensar que yo iba a llegar al lugar menos pensado y a la hora exacta para que me devuelvan mis documentos. Hubo algo más y nos sé qué fue, pero pienso explorarlo. Solo atiné a brincar fuera de la camioneta para correr a abrazarlos. Pudimos regresar a casa y eso era lo único que importaba.
De camino a Tupungato.
El guía.
Amanecer en Tupungato.
Cata en Salentein.
Tupungato, Valle del Uco - Mendoza, Argentina.


