domingo, 16 de abril de 2017

¿Crees en Algo Fuera de lo Normal?

Es gracioso pensar en esto otra vez, aunque aún se me pone la piel de gallina de solo imaginar qué hubiera pasado si el desenlace hubiese sido otro. Estar manejando con varias copas de vino encima con tres compañeros de viaje totalmente ebrios en medio de una carretera que no conoces y con una tormenta eléctrica acechando el camino es sin duda la parte más graciosa de la historia. Vale, ya les cuento lo que sucedió en mi último periplo desde Santiago de Chile a Mendoza, Argentina por carretera. Paisajes de película y sobre todo el majestuoso Aconcagua son dos de las cosas más saltantes que debo mencionar desde ya. Haber pasado por dos aduanas burocráticas habría sido una de las historias saltantes de esta publicación, si no hubiera sido por el policía argentino que nos detuvo, nos hizo bajar de la camioneta y nos ordenó que abriéramos cada maleta para registrarla y preguntarnos uno por uno y reiteradas veces si consumíamos estupefacientes -mucha risa hasta aquí-. Salir temprano después de cambiar algo de dinero a moneda local para luego manejar hasta Tupungato realmente lo vale. El lugar es idílico, lleno de bodegas en la llamada "Ruta del Vino" y dominado por la increíble vista del Aconcagua y la cordillera de los Andes. Haber centralizado el guardado de los pasaportes en la cartera de la buena vampiresa nos ponía tranquilos, se nos hacía más fácil quizás ante tanta requisa ya vivida. Fotos por aquí y catas por allá nos hemos embriagado y afortunadamente el camino es recto y las bodegas están no muy distanciadas unas de las otras. Eran las 17:00 horas y llegábamos a la que iba a ser la última bodega a visitar, la famosa Salentein. Exquisitas catas ofrecidas por la buena Rocío nos contentaron hasta el punto de cerrar la bodega. Fuimos invitados a salir a las 19:00 horas por el personal de seguridad, ya que ningún trabajador quedaba en el recinto. Afortunadamente teníamos dos botellas más para seguirla en Mendoza. Salimos tomando algunas fotos, subimos a la camioneta y nos alentamos para seguir la ruta hasta el final del camino y así llegar al conocido "Manzanillo" que es el paso por donde José de San Martin cruzó los Andes durante su campaña libertadora en Sudamérica. Llegamos y más fotos en un crucifijo de madera que dominaba la zona. Otras fotos a la cordillera y por supuesto perder la cartera de la vampiresa con los pasaportes y su dinero. Hasta aquí todo bien así que cogemos la ruta de regreso a Mendoza, pues es la última noche y había que cerrarla bien pues había más vino y dinero para comprar algunas botellas más. Es curioso como uno se siente cuando uno de tus amigos te dice "no tengo la cartera". Es una sensación que podría resumirse en una frase como "puta que gran huevón(a) que eres, pero igual te queremos". Pero la sensación que se tiene cuando te dicen "era la cartera de los pasaportes" es como la sensación de querer cagar en medio de un partido de fútbol. De regreso a Mendoza la tormenta se hizo muy fuerte e incluso inundó una parte de una autopista así que tuvimos que cambiar de ruta. Consideramos que era inútil regresar a Tupungato para buscar la cartera, pues era de noche. Además teníamos la certeza de que se había quedado en Salentein así que lo más saludable era llamar por la mañana y preguntar para poder ir a recogerla. Esa noche comimos en una carnicería y tomamos mucho vino. Hubo tensión en la mesa, sin embargo terminamos concluyendo que éramos un buen grupo de viaje y que somos amigos y aguantamos todo lo que venga. Esa noche dormí de mala forma. Soñé o pensé en la cara del Cristo del crucifijo del Manzanillo. La imaginaba muy grande, quizás inmensa. Un road trip en la camioneta atea era lo que pensaba en el camino. Me despierto (o abro los ojos) a las 5:10 horas. No podía dormir más y mensajeo a vampi para preguntar si está despierta en su habitación. Me responde con un "qué pasa". Le digo "vamos a la bodega". Me responde "ya, vamos". Instruyo al enano para que se encargue de mis cosas y del chekout si no regresaba hasta más tarde. Partimos casi a las 6:00 horas. Manejo durante hora y media y aún era de noche en Tupungato. Muy oscuro todo pero encontramos la bodega y entramos. Le pedimos al vigilante que nos deje entrar y nos indica que es imposible por lo menos hasta las 10:30 horas que llega el encargado de turismo. Le digo que estamos seguros que la cartera se quedó anoche ahí. El buen hombre llama al interior de la bodega e indica que revisen las instalaciones. Responden luego de varios minutos que "no han encontrado nada". El frío era de unos 6 grados centígrados, pero para mí eran unos 6 bajo cero (no sé por qué no llevé casaca). Pido el baño y me lo niegan porque "no es horario de ingreso". Algo se me cruza por la mente y conduzco por 20 minutos hacia Manzanillo para buscar baño. Entro a un gift shop que estaba cerrado y sale un señor de una casa contigua, me pregunta amablemente qué deseo y le digo que un baño. Me indica que a unos 600 metros estaba el Manzanillo y ahí habían baños públicos. Conduzco despacio, como en toda la ruta del día, así como que buscando la cartera. Llegamos al crucifijo y unos rancheros estaban ahí parados como muriendo de frío. Bajo la ventanilla y les pregunto "disculpen, aquí hay baños". Uno se acerca a la camioneta y me mira fijamente y pregunta "¿a ustedes no se les ha perdido algo?".
Nunca he creído en las coincidencias y creo que esta vez he reconfirmado mi creencia. Es absurdo pensar que yo iba a llegar al lugar menos pensado y a la hora exacta para que me devuelvan mis documentos. Hubo algo más y nos sé qué fue, pero pienso explorarlo. Solo atiné a brincar fuera de la camioneta para correr a abrazarlos. Pudimos regresar a casa y eso era lo único que importaba.

De camino a Tupungato.

El guía.

Amanecer en Tupungato.

Cata en Salentein.

Tupungato, Valle del Uco - Mendoza, Argentina.

sábado, 11 de febrero de 2017

Cuando Yo No Escribía

Se escondía en la pradera del olvido, sin un pedazo de tela que pueda cubrirlo del abrasante sol. Se marcaba con un cerillo hasta que la furia del ardor lo hiciera gritar de dolor. Saltando entre sus dedos se entregaba una emoción, que tal vez él había olvidado. Había sido secuestrado por un traficante de órganos que rondaba su ilusión. El corazón le había sustraído a él y poco a poco lo devastaba una tristeza que había sido parte de sí como si se tratase de una canción. En las orillas del vacío, donde todos evitan asomar, se había parado sin miedo como si nunca fuera a resbalar. Había gritado mil veces su nombre, porque sólo aprendió a hablar. Balbuceaba entre sus gemidos el perfume de su piel. La cual había perdido apenas al amanecer. Fisuras amenazaban el encanto de su piel y aunque no lo habías notado, él sólo te dejó ser. Y en la inmensa soledad del páramo, nadie nunca pudo entrar. Tal vez por ser muy lejos, tal vez por no querer escapar. Y los jirones se cerraban entre las bocacalles de la ciudad. Y ningún transeúnte se preguntaba dónde podría él estar. Solo sabemos que ha dormido en la acera y también en el humedal. Ahora se ha tirado de un puente y mañana ya no saltará. Y ayer almorzó langostas en la orilla del lago Senegal. Venía del cielo y de la tierra. No provenía del olvido, eso era más que seguro. De alguna película oriental parecía escapar y sin duda alguna su profunda voz estaba en clave de Do. Entrecortadas las luces entre los ramales más septentrionales, lo hacía lucir mucho más apacible. No como cuando se aventuraba en la persecución de las luciérnagas. Sus noches eran tibias y nunca dormía sin mirar una curiosa foto. La de aquella doncella que lo vio sollozar. Ante las aguas de un río, que nunca más lo vio cruzar.
Y el tiempo pareció perdido. Perdido en un segundo y medio de paz. Tú dijiste que era tregua. Yo te digo, ésto es paz.

Un bar cubierto de billetes de dólar.
Elephant's Room. Austin, Texas - USA.

    

martes, 24 de enero de 2017

El Sueño de Platón

Y entonces desperté y me di cuenta que la había soñado desde siempre. Que dentro de la programación de mis heridas había siempre un patrón y que, sin duda alguna, me estaba quedando completamente solo.
Cogí una vela de las que acostumbro guardar al lado de mi refrigerador y corrí directamente a la puerta. Esperaba con el ánimo perdido que el viento no apague la llama. Llevaba dos fósforos en el bolsillo y no pretendía gastarlos. De pronto, al levantar la mirada en la cuasi tiniebla, la vi. Cuatro segundos fotográficos en mi mente se dispersaron a lo largo de mi corteza cerebral antes de poder atinar a una visible reacción. He articulado un discreto movimiento nasal antes de abrir la boca como para soplar una cerbatana. Estupefacto por la circunstancia y ausente en mi mente quiero hablar. No lo consigo. De pronto -como es usual en las novelas- sucede lo inesperado. Claro, he despertado. Asi que consigo reposar unos minutos en la cama acerca de lo difícil que puede ser participar como protagonista de un sueño tan vívido como el que acababa de tener. Me levanto de la cama para ir hacia el baño y como quien conoce el camino y no mira hacia adelante me tropiezo con ella. Ésta vez no era un sueño -o al menos no parecía tal cosa- ya que, a decir verdad, el piso estaba húmedo por el calor que se genera en estos meses de verano. Otra vez estupefacto siento que debo comprobar mi certeza de estar despierto. Prendo la luz eléctrica y veo la habitación completa. No hay nadie ahí. ¿Con quien tropecé? si no había obstáculo latente que haya podido obstruir mi paso de la cama al baño. Luego, siendo las 3 am apago las luces, cojo una almohadilla y me meto en la cama. El silencio lo domina todo. Estoy nuevamente solo, pienso. Y tu risa está en mi mente otra vez, la puedo oir. ¿Volveré a ver la luna con ella? El sol del atardecer nublado pudo haber sido la imagen de mi mente cuando te amaba por las noches. Y la monumental falta que le haces a mi cuerpo es una imagen referencial que podría ser abstracta pero hecha en un lienzo muy suave, casi de seda. Primaría lo sensorial antes que lo visual. El estado de culto es insufrible ahora. El sueño debo conciliar. Me obligo a dormir y sonrío mientras intento no pensar y recuerdo canciones muy antiguas que ni podría cantar. Suelto un bostezo para darme ánimo. Da igual, ahí está otra vez. Esa imagen vívida y corpórea que me da escalofríos. Casual y sensual. Se acerca, me coge la frente con su mano derecha ultra helada. Sonríe y se va. Ahora si, estoy solo otra vez. Ya en el trabajo en la mañana lamento no recordar exactamente qué sucedió antes de mi primer sueño. Por qué había llegado a la conclusión de que yo la había soñado desde siempre... ¿Quizás nunca existió? Bueno, si fuera así, entonces estoy loco de remate.

Hay 140 millones de personas sueltas en el mundo con trastornos mentales.
Foto del cerro San Cristóbal desde la estación de Desamparados, Lima - Perú.

miércoles, 4 de enero de 2017

A pesar del Peligro

Estaba parado en medio de la gente. Bueno, un poco a la derecha del medio. De pronto el tío Macca comenzó a tocar una rendición muy peculiar de 'In Spite of All the Danger', canción que fue una de las primeras composiciones que hicieron The Beatles y que fuera firmada por McCartney y Harrison. Sonaba precisa en pleno campo de polo y por supuesto sonaba en mi mente como un presagio, como la crónica de una muerte anunciada. Mis ojos, como siempre entumecidos cuando contemplan arte, vibraban entre los rayos del sol que ya se dormía entre los montes desérticos de Indio. Por supuesto durante los dos minutos y pico que duró la canción, yo pensaba en las videollamadas y mensajes que tú me regalabas pródigamente. Tango, tango, sexo y amor. Tanto tango, tanto dolor... meses más tarde cantaría en una taberna con guitarra prestada en vísperas de año nuevo. Y claro, el coro de dipsómanos me haría una vez más empañar mis rayban redonditos como el sol al atardecer. Y también tus besos me harían bailar y dar saltos cruzando la calle. Si, ya sé. Estoy mezclando otra vez. Todo lo mezclo en los textos. Debe ser porque leo 3 libros a la vez - a veces más, a veces menos-. Tardo en digerir las frases más bellas, porque me gusta rumiarlas y devolverlas al gusto porque me recuerdan a ti. A tus tardes en centroamérica, a tu cabello más corto que el mío. Trato de enlazar esos dos espacios de tierra que una grieta separó. Traté de acercarme con precaución. El olvido hará de mi -otra vez- una insignificancia en tu vida. He probado más veneno que antes y te puedo asegurar que ha sido muy embriagador. De la cama al sofá y de entre tus piernas a la guitarra. Toqué mis mejores melodías y dió igual. Te hice mi mejor canción y nada pudo cambiar el presagio ensordecedor que se cruzó en mí aquella tarde cuando escuchaba tu amor. Sí, tu amor. A pesar de todo el peligro que para mí iba a significar. Me quedo con todo lo bueno. Como una vez te dije, no puedo reclamar a alguien por algo que me hizo -por muchos momentos- ser alguien feliz. Después te borré, como se hace con la cinta que grabas para alguien a quien nunca le vas a importar. Y luego... y luego... quizás luego haya algo más. Prometo no contarles exactamente.

Sunset at Oldchella - Pepa
Desert Trip 2016 - Indio, California - USA.

martes, 13 de diciembre de 2016

Recuerdo de tu no-olvido


Estaba en la azotea de la mente cuando de repente un accidente demolió mi bienestar emocional. Aprovisionado con hierbas del campo y sin ningún tipo de control, acudí raudo al auxilio de lo que quedaba en el sitio funesto. Se volvió hacia mí y me preguntó si quería salvarla. ¿Salvarla? –le dije- ¿De qué? –reproché- Pues, a pesar de ser un accidente muy grave, no se apreciaban lesiones considerables. Lo único que puedo recordar luego de ese día es que te abracé mientras llovía. Y creo que me abrazaste de vez en cuando. Pero cuando el clima es malo, siempre mata. Como los días grises, que no terminan de ser negros. Como los bosques en la noche, así de sombríos. Yo me vertí sobre tu sangre, para fusionar aquellas incontrolables sensaciones que nos derretían de noche. Cuando… cuando nos dormíamos mirándonos. Perseguí la idea de despertarte de tu letargo, de tu recuerdo afanado. De tu zona de confort. Algo en ti se murió en mí. Y algo en mí se murió en ti también. Regando el jardín me desmayé unos días después y no me levanté. Dormí muy profundo durante varios meses. El sueño del galés no podrá ser. Deberemos despertar primero para criar a los nenes después. Tengo en cuenta que las olas del mar te arrastran y no te dejan en el mismo lugar. Que al naufragar en la corriente, tragas más sal que agua. Y que la peor parte de un naufragio, es morir de sed en medio de tanta agua. Prenderé una vela más por tu amor. Por el mío. Y sabemos que las velas no son mi fuerte, empero debo admitir que cada minuto que te tuve, fue sublime. Que ya no hay punto de partida ni final de la carrera. Que tu amor equiparó mi deseo de la misma manera. Que las nubes de tu insomnio nunca me molestaron y que por el contrario, te recitaba poemas en mis sueños. Sentado en una banquita de un jardín con tres sequoias gigantes en frente de nosotros. Ambos echados en el pasto de tu ser y yo, como siempre al amanecer, entre tus piernas. Esta carta parece no tener fin y hasta parece un cadáver exquisito. No por tanto poema sino por tanto deseo. Y si te llamara por tu nombre, sería una fantasía. Aunque sería muy impropio, ya sabes. Te agarraría los cabellos y los enredaría. Como si fuera a anudar una trenza, y luego de muchos largos besos, te agitaría de emoción contra la cama. Y tendríamos que cambiar el duvet. Para cerrar el último recuerdo de esta carta azarosa, te taparé los ojos con una almohadilla y te besaré en la boca. Para que sientas un poquito más de ese amor, que era tan ideal, que nunca se pudo materializar.

Esos días hablábamos de amor.
Vista del Gran Cañón del Colorado, Arizona - USA. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

De esto y aquello

Este amor es atemporal, no se compara y fluye dentro de unos túneles subcutáneos que aún no bautizamos. Tendría que haber una moda de enamoramiento como el nuestro para que el mundo se diera cuenta que vivimos en otro mundo. ¿Mundo? No estoy seguro. Extratósfera, espacio exterior o lo que sea más inimaginable. No quiero estar de moda, quiero ser un victoriano cortejando una dama. Quiero excederme en presente y soñar. Soñar inmerso en una realidad prometedora. Quiero sentir que en la noche que me engañas, no me engañas. Que no me engañas. Que eres para mi, que eres solo para mi. Que no actuamos ni codiciamos. Que te creo. Que creamos. Y sobre todo que tenemos valor para hacerlo cada día mejor. Dormir entre tus piernas más. Si, más. Despertarme feliz otro día más, como cuando me despierto contigo y no como cuando me despierto sin ti. Que tus fantasmas se vayan a vivir muy lejos. Que comamos juntos y luego nos comamos a besos. Que tomemos y luego... luego nos tomemos. Si quieres de la mano. Si quieres para siempre. Pintar el librillo ese, licuar las verduras, tocar la guitarra desnudos y hablar a mitad de la noche medio dormidos de sabe Dios qué cosas. De hablar, de mirar y de oir tu voz así te hayas equivocado de número. De pasear dando saltitos y gritar 'gol carajo' en tabernas con cerveza en mano. De comprar (más) películas y poder verlas con comida deliciosa hecha por los dos. De comer el quesito ese que te gusta, de tomar el vino con el quesito ese que me va a gustar. De dejar el azúcar y -algún día- las carnes. De llevarte de la mano al templo de Luxor y que me lleves de la mano a Stonehenge. Y si tuviera que repetir momentos, los repetiría todos y volvería a reir y luego a llorar, porque ¿De eso trata la vida? ¿No?. Y te explicaría los capítulos de libros extraños y sé que tú me explicarías los capítulos de tus libros extraños. Y volvería a filosofar sobre la teoría del pensamiento y luego te amarraría con las sábanas otra vez, solo para escuchar ese hermoso 'vas a pagar por esto' dominado por tu risa. Dominado por tu sonrisa.
x
Pepa.

"El rumbo es incierto" - Pepa

Ingreso al bosque gigante - Giant Sequoia National Park, California - USA.

sábado, 27 de agosto de 2016

Del Lamento del Pájaro Blanco al Sollozo por la Abuela Querida

Se lamentó el no poder haber visitado una vez más a su abuela y caminó pausadamente por el pasillo. Casi como si todo a su alrededor se hubiera detenido. No existía ya tiempo ni lugar en su corazón. Quizás le quedaba algo, pero cada día se apartaba más también. Asi comenzó su periplo por las tierras más lejanas que vivieran en su mente. Tierras a las que nunca pensó llegar. Las contemplaba desde niño entre sus sueños y seguramente no las había olvidado hasta hoy. Tanto por ver... ¡Y por decir! - se repetía a sí mismo - y su mirada, congelada por la aurora, se perdía entre las baldosas brillantes del piso del pasillo. Ha sido un extraño final después de todo. Él llegaba y ella se iba. Como si de un cuento hinduista se tratara. Enterraba su cabeza sobre el cojín de un sofá malgastado. Lloraba sin lágrimas y se lamentaba en medio de su extravío. Lo ví cuando cogía una pequeña manta - era de su abuela - y la olfateaba, como si quisiera quitarle los pelillos de tanto esnifar. Un ave mañanera se había colado por alguna ventana abierta y cantaba en tono fúnebre un inmenso pesar. Unos minutos antes, él se colaba por una ventana también para evitar ser bloqueado por los guardianes de seguridad, que custodiaban el las escaleras cuando no era horario de visitas. Los escalones parecían interminables hasta el noveno piso. Pensaba para sí mismo "hoy bajo dos kilogramos de mis 15 de sobrepeso". Siempre con sus audífonos y escuchando alguna melodía popular antigua. Hacía pequeños descansos cada dos o tres pisos y, como quien echaba un vistazo a los pasillos de los diferentes pisos, respiraba con delicadeza para no absorber alguna enfermedad ambulante del hospital. El camino al hospital fue corto pero intenso, el congestionamiento de Lima casi siempre a las 7pm es punitivo. Siempre manejaba con un estilo muy particular. No rápido, pero definitivamente no lento. Acariciaba las calles, decía yo. Lo encontré en una esquina de Salaverry y me subí al auto con él. Lo acompañé, se podría decir, hasta el último. Estacionó su auto a dos cuadras del nosocomio y caminamos hacia la puerta para ingresar gracias a que un guardián del recinto nos conocía. Horas antes durante su camino entre su trabajo y el hospital había recibido la noticia. Nunca supe si ese día realmente lo vi a él, o era otra persona. No hablamos casi nada, excepto por los saludos. Siempre pensé que ese día perdió el sentido y no tras el accidente que sufrió 2 años más tarde.

"Camino al Cielo" por Pepa.
Cúpula del Panteón de Agripa- Roma, Italia.